Los tres puntos de la semana pasada nos dieron confianza y el equipo realizó una gran semana de entrenamientos. Visitábamos al Atlético, un rival con números similares a los nuestros, por lo que el partido prometía ser exigente.
Por primera vez esta temporada, éramos superiores físicamente a nuestros rivales: un Atleti con gran capacidad técnica y buenas intenciones en su juego, pero con un hándicap claro: ser casi todos de primer año. Aprovechamos esa ventaja desde el inicio y ajustamos muy bien la presión para impedir que encontraran hombres libres. Eso les obligaba a golpear y disputar duelos físicos, donde nosotros éramos claramente superiores.
En ese escenario, robamos muchos balones y generamos muchísimo peligro. Las conducciones verticales y las carreras al espacio eran muy difíciles de detener para ellos. Así llegó el 0–1, obra de Tomás M. tras una conducción “marca de la casa” rompiendo por dentro. Poco después, Castro, en una gran carrera por banda, ponía el 0–2. Las sensaciones eran inmejorables y tuvimos aún más ocasiones para haber dejado el encuentro prácticamente sentenciado.
Pero, de repente, un pase atrás sin mirar regaló el balón a su delantero y llegó el 1–2. Ese gol nos hizo un daño excesivo: de dominar con jerarquía pasamos a desordenarnos emocional y tácticamente. La presión dejó de ser sincronizada, empezamos a perder segundas jugadas y rebotes y cambiamos duelos físicos —donde éramos mejores— por unos contra unos técnicos, donde el Atleti era más competente. El equipo se transformó por completo.
Aun así, el Atleti tampoco generó demasiado, pero nosotros ya no éramos solventes con balón. En un desajuste defensivo lograron el 2–2 antes del descanso.
En el descanso insistimos en volver al plan de los primeros veinte minutos: presión ordenada, partido físico y agresividad en los duelos. Pero nada más comenzar, un saque de puerta mal defendido permitió que su delantero, solo, hiciera el 3–2. No hay fuera de juego en saques de puerta… y eso terminó de rompernos mentalmente.
Entramos en un modo de prisas, precipitación y caos. Golpeábamos continuamente, pero sin ganar ni los rechaces ni las segundas jugadas que esos golpes generaban. Queríamos llegar demasiado rápido, saltándonos pasos, jugando siempre acelerados. Los nervios provocaron malos pases, malos despejes y malas decisiones, complicándonos nosotros solos.
Aun así —y casi sin juego elaborado— generamos ocasiones por empuje, pero su portero estuvo espectacular. El Atleti continuó fiel a su idea: jugar por abajo con criterio, llevando el partido justo al terreno que más les favorecía. No tuvieron muchas ocasiones, pero sí el control emocional y del ritmo.
A falta de cinco minutos, en una jugada bien construida por banda y pase atrás, hicieron el 4–2.
Cuando parecía todo perdido, el equipo no bajó los brazos. En un córner hicimos el 4–3, y en la siguiente acción, otro córner nos dio el empate. Aún tuvimos un último córner, pero hubiera sido demasiado premio para el partido que hicimos.
No se nos puede escapar un partido que teníamos tan dominado. En el fútbol hay errores, y hay que convivir con ellos, pero lo que importa es cómo reaccionas. Si lo que estás haciendo funciona, hay que mantenerse firme, no contagiarse del nerviosismo ni entrar en una espiral de caos como la del otro día.
Son dos puntos perdidos que duelen y que deben servirnos para aprender a competir manteniendo la cabeza fría cuando las cosas se tuercen. La liga exige madurez emocional, no solo fútbol.
Ahora llega una semana de descanso antes de recibir a nuestros vecinos del U.D. San Sebastián de los Reyes.
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