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Cabecera Alcotan C.F.

Articulos

  • Reflexiones de Sabiduria

        Los futbolistas no corren, gritan los hinchas. Los futbolistas no ponen ganas, sentencian los periodistas. A los futbolistas les falta actitud, acusan y condenan los técnicos cuando para salvar responsabilidades, no encuentran razones tácticas o estratégicas del porqué sus equipos juegan mal y pierden bien. Todos o casi todos en la sociedad futbolística, están convencidos que los partidos de fútbol se pierden porque los futbolistas no corren, no ponen ganas o porque les falta actitud ganadora. Nada más alejado de la verdad, los partidos de fútbol se pierden porque los futbolistas carecen de la aptitud ganadora, de la capacidad táctica, del talento colectivo, de la técnica individual o de la inteligencia para jugar bien y ganar. Salvo excepciones que siempre las habrá, los partidos de fútbol se pierden más por razones futbolísticas, que por razones anímicas que tengan que ver con las ganas o con la voluntad de ganar. Todos, absolutamente todos los futbolistas, tienen ganas de ganar, y quieren ganar, pero aunque todos tengan ganas y quieran ganar, no todos pueden porque no todos saben cómo. Por muchas ganas que tengan de ganar si los futbolistas no tienen con qué y no saben cómo, no ganarán. Para ganar partidos de fútbol, se necesita mucho más que las intensas ganas, porque los triunfos, son más un producto de la imaginación de los futbolistas imaginando cómo ganar, que de la fuerza de voluntad de los futbolistas queriendo con toda el alma triunfar. Si no se tienen buenos futbolistas y si no se tienen técnicos sabios táctica y estratégicamente, por mucho que se corra, por muchas ganas que se pongan, por mucha actitud ganadora que se tenga y por mucho que los hinchas alienten, los partidos no se ganarán. Cuando estas verdades derroten a la mentira generalizada que los partidos se pierden por falta de actitud, por falta de correr, o por falta de poner ganas, tal vez así los hinchas no griten ni alienten exigiendo correr más sino exigiendo pensar mejor, tal vez así, los periodistas no acusen ni condenen a los futbolistas por una supuesta falta de ganas, y tal vez así, los técnicos aprendan ojalá de una vez y para siempre que, para no perder más partidos, es más importante la aptitud que la actitud, y lo más importante, tal vez así, se jugará un fútbol mejor, más pensante, más imaginativo, más ganador. Tal vez así.   HUGO ARMANDO GALLEGO VILLA

  • DEPORTE Y VALORES

                             Los valores que se ponen en juego con el deporte, aluden a principios fundamentales en la evolución del sujeto, educación y deporte van de la mano.                        En este artículo no se pretende valorar el deporte profesional o de alta competición. Lo que se intenta es esbozar el valor educativo del deporte base, se parte de la convicción de que en la actividad deportiva los incipientes sujetos, niños y adolescentes, tienen un excelente instrumento lúdico para elaborar su personalidad y conseguir la dosis suficiente de auto confianza. El deporte supone un ir más allá del juego, ya no se trata de jugar a ser mayores, se trata simbólicamente de la vida misma. Gracias a ello, proporciona un espacio singular donde los chavales pueden elaborar la transición a la vida adulta, consiguiendo una mejor apreciación del esfuerzo, la solidaridad y las reglas sociales.                         Tras la actividad física hay una necesidad biológica de movimiento muy general, que es parte del desarrollo y del sistema de conservación del organismo. Es por ello que la falta de ejercicio físico puede producir trastornos orgánicos, como los cardiovasculares, o alteraciones de tipo psíquico, como la ansiedad. Mas cuando nos referimos a los niños y los adolescentes, la importancia del movimiento es todavía mayor, ya que, con él, se construye el esquema y la imagen corporal, elementos estructurantes de la personalidad que nos acompañan durante toda la vida.                         La inadecuada constitución de estos elementos puede dar lugar a diversos trastornos neuróticos, psicosomáticos o psicóticos. Sin embargo, la necesidad intrínseca del movimiento no es tan intensa como para vencer con facilidad las formas sedentarias de vida que tenemos en la sociedad moderna, sobre todo en las grandes ciudades. Además el desarrollo de la sociedad tecnológica incita la inhibición corporal y el estancamiento en la comodidad. Cada vez más necesidades y aficiones se nos ofrecen seduciéndonos con la comodidad que supone sólo pulsar un dedo, hasta se nos ofrece el deporte virtual. Por todo lo dicho anteriormente, el deporte base merece ser cuidado con la importancia que se merece. El niño al principio juega, después hace deporte, pero puede dejarlo muy pronto.                           El abandono del deporte es un hecho preocupante, cuya mayor incidencia se produce en la adolescencia, una época donde, para mayor preocupación, el chaval necesita sujetarse más para convertirse en un sujeto de pleno derecho. El deporte sujeta y canaliza las tensiones agresivas y sexuales que, durante la adolescencia, amenazan la estructuración psíquica y la imagen corporal. Para fomentar la actividad deportiva es necesario trabajar con la motivación, de tal forma que el niño o el adolescente se sienta atraído por las características propias de la actividad física. Trabajar la motivación es tarea de los profesores de educación física y de los entrenadores, sin embargo la información y formación en el terreno motivacional es, en la mayoría de las veces, escasa. Cuando esto ocurre, es fácil que el profesor o entrenador se deje llevar por sus propias motivaciones o frustraciones, sin tener mucho en cuenta a sus discípulos. Muchas veces, los entrenadores parecen generales que inculcan la victoria deportiva a cualquier precio e incluso se abusa de la agresión verbal si no se produce. Este tipo de conductas, lejos de motivar a los chavales, produce en ellos un rechazo visceral y un abandono precoz del deporte.                          Para comprender la importancia del profesor o entrenador, hay que tener en cuenta que, en el deporte, si bien existe ya un distanciamiento de la directa figura de padre o madre de los primeros maestros, no por ello los entrenadores de la actividad física dejan de ser un subrogado parental, esencialmente paterno, una figura de autoridad que supone la referencia del modelo a seguir. Cada chaval verá esta figura de manera diferente, de acuerdo con su propia historia, esto debe ser valorado por el entrenador para poder aprovecharlo y jugar con ello en su relación con el chico. Un correcto trabajo demanda la creación de un clima motivacional adecuado, donde se valore a los sujetos uno a uno. El acento debe estar puesto más en la autosuperación que en la competitividad. Si bien es cierto que nos toca vivir en una sociedad muy competitiva, también lo es que el exceso de ésta crea demasiada carga agresiva y puede originar estados de ansiedad incontrolados.                           La autosuperación tiene que ver con el desarrollo de normas internas de valoración y, en este sentido, favorece la independencia y modera la tendencia a depender solo del resultado deportivo o de la opinión de otros. La meta no debe ser solamente que la actividad deportiva promueva el desarrollo físico y la salud, se trata de explotar todo el valor educativo del deporte. En este sentido, la orientación hacia metas de autosuperación promueve la internalización de reglas (algo imprescindible en el mundo social adulto y en estrecha conexión con la ética) y la solidaridad y la cooperación con los otros. Un trabajo en esta dirección contribuye a dar valor al propio esfuerzo, la perseveración y el desarrollo de las propias habilidades como los elementos que pueden facilitar una satisfacción de tipo personal. Ya no se trata de la suerte o el destino, el acento recae sobre el sujeto y su esfuerzo como motor del propio desarrollo, y al alejarnos de la meta única del éxito deportivo, damos lugar a la posibilidad de la frustración sin connotaciones traumáticas, factor importante ya que, a fin de cuentas, la vida está llena de frustraciones. ATENCION A LAS MADRES Y A LOS PADRES, ME GUSTARIA QUE LEYERAN ESTE ARTICULO Y DEJARAN UN COMENTARIO, TAMBIEN PODEMOS COMENTARLO EN LOS ENTRENAMIENTOS, GRACIAS A TODOS DE ANTEMANO POR SU COLABORACION.    

  • Normas fundamentales en el triángulo padres, jugador y entrenador

    Reproducimos integramente este artículo publicado en Canariasdeportiva.com, que consideramos muy interesante para muchos padres y asuman el papel que todos los jugadores esperan de ellos. Control de temores y superar frustraciones Normas fundamentales en el triángulo padres, jugador y entrenador.       Un padre o madre debe ser eso, padre o madre antes, durante y al finalizar las competiciones. Nunca hacer el papel de entrenador, compañero o manager.   Respuestas ante las preguntas de muchos padres/madres: ¿Cómo debo comportarme ante la competición de mi hijo? La contestación es aparentemente sencilla. Un padre o madre debe ser eso, padre o madre antes, durante y al finalizar las competiciones. ¿Qué es lo que quiero decir con esto? Han de mostrarse motivados y seguros e intentar transmitir estas sensaciones a su hijo/a, dando a las competiciones la importancia que tienen, que a estas edades suele ser más bien poca. Deben hacer hincapié en el comportamiento, en la educación y en la disciplina que son los valores realmente importantes y los que deben trasmitir e insistir a su hijo. Consejos básicos para ser un buen padre/madre de un deportista de competición   Ser padre o madre, ya que su hijo ya tiene entrenador. Es ser siempre positivo: Escuchar, apoyar y motivar a vuestros hijos antes y después de las competiciones. No juzgar ni evaluar la calidad del entrenamiento, de la técnica o de los resultados delante de los hijos. Evitar los regalos por resultados, ya que son totalmente contraproducentes. Ir a cenar fuera, o hacer algo especial después de cada competición, haya salido bien o mal, es una buena idea. Juzgar y controlar el comportamiento y disciplina de sus hijos. Estos, si son asuntos que les conciernen en su papel de padres. Hay muchos entrenadores que opinan que el mejor padre/madre es aquel que nunca va a los entrenamientos. Personalmente no veo ningún problema en que el padre o madre disfrute viendo entrenar o competir a su hijo siempre que tenga el auto-control suficiente para reservar sus opiniones sobre los temas técnicos o de nivel ante su hijo. Nunca debe hablar de fútbol después del entrenamiento en el camino a casa. Si a su hijo le apetece hablar escúchele, pero no le evalúe ni le juzgue. No le diga lo que ha hecho mal durante el entrenamiento ni en lo que debería mejorar.     1º Que el niño tenga dos entrenadores y ningún padre: El joven futbolista necesita alguien que le escuche y le apoye, le hayan salido bien o mal el partido. El niño con un padre-entrenador, sentirá (por mucho que el padre intente disimular) que su padre quiere más, que no está conforme con el resultado. Esta demanda contínua provocará una insatisfacción en el jugador que ira generando miedo al fútbol. ¡¡ Es solo cuestión de tiempo!!. 2º Dilema entre los consejos del padre-entrenador y el entrenador. No de consejos técnicos a su hijo tenga o no conocimiento sobre la técnica, ya que, existen muchas formas de aprender y un proceso de aprendizaje que dependerá de las capacidades y habilidades evolutivas de cada niño y esto lo sabe el entrenador. El joven fútbolista deberá decidir si seguir los consejos del padre y dejar de confiar en el entrenador (muy mala cosa) o al contrario seguir los del entrenador y dejar de confiar en el padre-entrenador (un desastre). ¡¡¡¡Menudo dilema!!!!. 3º Una sobrepresión produce un nivel de exigencia en el entrenamiento muy alto pero nivel técnico bajo. Los hijos de padre/madre-entrenador suelen ser niños con un nivel de exigencia en el entrenamiento muy alto y con un esfuerzo máximo, sin embargo con un nivel técnico bajo. Esto es debido a la falta de concentración provocada en el niño al saber que esta siendo observado, vigilado y evaluado constantemente por la persona a la que más quiere, y además por su entrenador. Esto genera un estrés que día tras día va creciendo y cuando el jugador gana independencia respecto a los padres (11-12 años) descubre que nunca ha jugado al fútbol porque dísfrutara, sino por hacer disfrutar a sus padres. Cuando los profesionales se encontran ante un niño con padre ejerciendo el papel de entrenador bajan mucho el nivel de exigencia de ese fútbolista y pasan a trabajar su confianza ya que, si sumamos la presión del entrenador con la del padre-entrenador se producirá una acumulación de estrés que conllevará a que el jugador pierda el interés por su entrenamiento (no presta atención al entrenador, juega o se distrae durante el entrenamiento, etc) y/o abandone su formación como fútbolista. El padre-entrenador también percibe este cambio y ante la inseguridad de su hijo y los malos resultados aumenta su vigilancia y evaluación creyendo que hemos bajado la intensidad del entrenamiento del niño por algún extraño motivo. Es fácil imaginar donde puede llevar esta situación. El padre-entrenador siempre tiene la sensación de que a su hijo no se le tiene en cuenta o que se le trata diferente que a los demás. Algunos niños cuando son demasiado presionados responden con excusas de todo tipo a la hora de entrenar o con un mal comportamiento. Miedo a la fustracion del pequeño: Algunos padres/madres tienen un continuo temor a que su hijo sufra una frustración y utilizan continuamente expresiones como: "da igual, no es importante", etc cuando para el niño si lo es. El padre ha de saber que si el niño practica y quiere participar en los entrenamientos o partidos, es debido a que es algo importante para él y debe saber animarlo. Muchos de estos niños pueden sufrir el mismo estrés deportivo que los hijos de padres-entrenadores, al fin de demostrar que son buenos. En estos casos como en el anterior el niño no juega para su propio disfrute si no para demostrar algo a su padres, por lo cual no aprenderá a disfrutar de los continuos retos, estímulos y frustraciones en algunos casos que provoca el deporte de competición. Epílogo: El padre o madre de un futbolista ha de ser igual en todos los sentidos al padre o madre de un niño no futbolista. La competición provoca sensaciones y sentimientos que son muy distintos en cada niño, por supuesto muy diferentes a los que provocan en un adulto. Nunca intente trasmitir lo que usted siente a su hijo. Solo tiene que saber escuchar lo que su hijo siente e intentar rebajar sus miedos o temores. Debe ser el joven futbolista el que aprenda, con los años y acompañado en todo momento de sus padres, a controlar sus temores y superar sus frustraciones.